Releyendo el canon: La silenciosa rebelión de Julieta Capuleto

De todas las obras de William Shakespeare, probablemente sea Romeo y Julieta la que ha conseguido un lugar más privilegiado dentro del imaginario popular, consagrándose como el epítome de la literatura romántica. Aún para aquellos que no leyeron la obra, la sola mención del título evoca la idea del amor trágico e incondicional. Sin embargo, esa consagración en el terreno de lo popular ha hecho que queden soslayados otros aspectos de esta verdadera obra maestra de la literatura renacentista inglesa. Entre ellos, la significación de las acciones y decisiones de Julieta tanto en el contexto en que está situada la obra, como en el momento en que fue escrita. 

Julieta es la única hija de los Capuleto, una poderosísima familia de Verona. Como tal, se espera que su matrimonio con un hombre poderoso e influyente (el conde Paris, perteneciente a la casa reinante) contribuya al fortalecimiento de la posición de su familia. En su primera conversación con el conde Paris, Capuleto dice que Julieta es la luz de sus ojos, la única alegría que le queda en la tierra, y que quiere garantizar su felicidad. Sin embargo, a medida que avanza la obra, vemos que Capuleto en verdad concibe a su hija como parte de su patrimonio, y que considera que por sobre todas las cosas, le debe lealtad al nombre y al honor de su familia.

En su primera aparición en la obra, Julieta le expresa a su madre que aún no ha pensado en casarse, pero que examinará a Paris en la fiesta que ofrecerá su padre, permitiendo tan sólo que su ojo penetre aquellas regiones que sus padres consienten. Sin embargo, los ojos de Julieta se posarán precisamente en Romeo Montesco, hijo de los enemigos acérrimos de su familia, y de modo tan irrevocable que cuando envía a su nodriza a averiguar quién es, dice que, de ser casado, “es probable que mi tumba sea mi lecho nupcial”.

Al descubrir que se ha enamorado de un Montesco, Julieta se retira a su habitación, y cuando se cree sola en el balcón, expresa la poca importancia que para ella tienen los nombres, empleando una famosa metáfora: “Aquello que llamamos rosa, con cualquier nombre olería igual de dulce”. Primera gran instancia de rebelión: Julieta descree del postulado universalmente aceptado en Verona de que los lazos familiares son constitutivos de la identidad de una persona y se les debe absoluta lealtad, y se muestra dispuesta a renegar de su familia para perseguir la felicidad con la persona que ella elija, lo cual constituye un acto de subversión a las leyes morales que rigen su tiempo.

Por supuesto, Julieta no está sola en el balcón: Romeo está escuchando lo que ella piensa que está diciendo para sí misma, y cuando se lo hace saber, la embarga la vergüenza de haber abierto su corazón frente a alguien que apenas conoce. Sin embargo, lejos de angustiarse o montar un ataque de nervios, por primera pero no por última vez en la obra, Julieta da muestras de gran madurez y aplomo al tomar la iniciativa y hacerse cargo de su destino: le manifiesta a Romeo sus sentimientos y hasta le propone casamiento y un plan de acción para llevarlo a cabo. 

Claire Danes como Julieta en la versión cinematográfica de 1995 dirigida por Baz Luhrmann.

Esa madurez a la hora de decidir bajo presión es una constante en Julieta durante el resto de la obra. Cuando, ya desposada, sobrevenga la catástrofe con las muertes de Mercutio y Tibaldo y el destierro de Romeo, será ella quien, pensando racionalmente, después de un primer arranque de ira contra Romeo, logre rápidamente definir sus lealtades y busque un plan de acción, mientras Romeo literalmente se retuerce y llora desconsoladamente en la celda de Fray Lorenzo. Será ella, también, quien le hará frente a sus padres para evitar el matrimonio forzoso con Paris, y al fracasar en esa instancia, decidirá que si Fray Lorenzo no puede ofrecerle una alternativa honorable, se suicidará para evitar el oprobio de romper sus votos matrimoniales. El soliloquio de Julieta inmediatamente antes de beber la poción merece ser más conocido, porque es una verdadera maravilla. Julieta analiza todo lo que podría salir mal, usando un lenguaje gótico y descarnado para referirse a los terrores que deberá enfrentar en la bóveda familiar, y aún así no flaquea en su determinación, y se entrega a su destino con los ojos bien abiertos. 

El último acto de rebelión de Julieta es negarse a seguir a Fray Lorenzo cuando se despierta en la bóveda y descubre el cadáver de Romeo a su lado. El fraile la incita a seguirlo, diciéndole: “Te dejaré en una orden de monjas santas”. Descubierta la deshonra de Julieta, la única opción viable sería enterrarse en vida en un convento. Sin embargo, Julieta también rechaza ese destino para morir en su propia ley. 

En definitiva, Julieta es recordada, con justicia, como el arquetipo de la amante fiel. Sin embargo, es mucho más que eso: es una mujer noble que se niega a aceptar su condición de propiedad de su padre y a someterse a las imposiciones de un matrimonio por conveniencia, lo cual en sí mismo constituye una rebelión política. La virginidad de una doncella estaba íntimamente ligada al honor del nombre familiar: Julieta no duda en renunciar a ambos para ser fiel a sí misma. 

2 comentarios

  1. Interesante mirada de este personaje. Pero aún más admirable que el autor, siendo hombre, haya vizlumbrado en una mujer esa actitud tan rebelde y madura para la época

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