Almanzor

Heinrich Heine fue un escritor romántico alemán del siglo XIX quien, autodesterrado de su país natal, fue a Francia a continuar su carrera literaria donde alcanzó la fama tras ser traducido al francés por su amigo Gérard de Nerval. Comparto este fragmento del poema Almanzor incluido en su más famoso poemario titulado Libro de los cantares o Libro de las Canciones (1827).

Almanzor es un guerrero musulmán que, luego de la victoria de los reyes católicos, vuelve a una España que ya no le pertenece para buscar a su amada Clara.

Frith, William Powell, 1819-1909; Othello and Desdemona

I

Hay mil trescientas columnas

en la catedral de Córdoba,

hay mil trescientas columnas

que la cúpula soportan.

Reyes moros levantaron

ese templo, de Alá en honra;

las mudanzas de los tiempos

a otros usos lo acomodan.

En las gradas do se oyeron

las palabras de Mahoma,

hacen tonsurados prestes

sus extrañas ceremonias.

Está Almanzor-ben-Abdala

en la catedral de Córdoba,

y las columnas contempla,

y de este modo razona:

—«Para el gran Alá os labraron,

columnas firmes y sólidas,

y al culto odiado de Cristo

dais vuestro homenaje ahora.

»Si así aceptáis la mudanza

que os humilla y os deshonra,

¿qué ha de hacer el hombre débil,

columnas firmes y sólidas?».

Rezar en la mezauita leon jerome

II

De la catedral ya sale,

y al punto que sale, monta

en un selvático potro,

que rozagante galopa.

Camino va de Alcolea,

do al Guadalquivir coronan

almendros de flor nevada,

naranjos de dulce aroma.

El venturoso jinete

canta y ríe, triunfa y goza;

trinos de aves le acompañan

y murmurios de las ondas.

En Alcolea reside

doña Clara de Mendoza;

mientras su padre guerrea,

vive alegre y sin zozobras.

Almanzor oye lejanos

sonar timbales y trompas;

ve al través de la arboleda

resplandecer las antorchas.

¡Oh castillo de Alcolea!

¡Gran baile esta noche logras!

Bailan doce caballeros

con otras tantas hermosas.

Apuestos son los galanes,

son las damas seductoras;

Almanzor, el más gallardo

entre todos y entre todas.

Feliz va de dama en dama

con la sonrisa en la boca;

para todas cuantas mira

tiene a punto una lisonja.

A Isabel la mano besa;

la deja luego por otra;

se sienta a los pies de Elvira

y en sus pupilas se arroba.

Si hoy merece sus bondades,

le pregunta a Leonora,

y le muestra la cruz de oro

que su capotillo adorna.

A fe de cristiano viejo

les jura que las adora,

y el juramento repite

treinta veces en tres horas.

III

El castillo de Alcolea

envuelven silencio y sombra;

ya no hay damas ni galanes,

ya no hay músicas ni antorchas,

Almanzor y doña Clara

están callados y a solas;

el último candelabro

su último fulgor arroja.

Ella, en el sitial sentada;

él, a sus plantas, apoya

en sus trémulas rodillas

la cabeza soñadora.

En sus oscuras guedejas

un frasco de agua de rosas

ella solicita vierte;

él, dormitando, solloza.

En sus oscuras guedejas

los labios amantes posa

ella, y un ósculo imprime

nublada la sien él dobla.

En sus oscuras guedejas

ella, las que tierna llora

dulces lágrimas, derrama;

él, se estremece de cólera.

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