José Carlos Mariátegui: la literatura es lujo, no es pan

Así aludía Mariátegui la labor de González Prada dentro de sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Un lujo es algo a lo que muy pocas personas tienen acceso. Y en materia artística no debería ser así. Pero en el arte hay niveles, desde luego; y la metáfora del iceberg caería como anillo al dedo en este asunto. Un lector que quiera iniciarse a leer literatura no va a empezar con el Quijote. Sería un suicidio lingüístico. Por más que la figura del Quijote esté entre los más grandes personajes que haya parido el ser humano, podría resultar ingenuo querer empezar por esta obra. Aun no somos dignos de Cervantes. Por eso, se debe escalar con paciencia en la maraña infinita de escritores y obras literarias. Empezar con los bellos cuentos de Oscar Wilde no es una idea descabellada. Se los suelen contar a los niños gracias a la puerilidad de su lenguaje. Ya Borges nos decía que era uno de los autores más fáciles de traducir, y él mismo lo hizo a la edad de nueve años con el cuento de El príncipe feliz.

Pero recordemos que somos peruanos y deberíamos iniciar con algo que nos resulte familiar. Mas el Perú es un país homogéneo; de todas las sangres, y dentro de este territorio se hayan tres sujetos que intentan convivir dentro del vasto espacio geográfico llamado Perú. Por lo tanto, la iniciación del lector no debería obedecer a una misma norma y a los mismos autores. Así, el lector nacido en la costa podría apreciar más las ocurrencias de Pichulita Cuellar en Los cachorros; así como el lector andino pueda identificarse en los relatos de Arguedas, como también saborear con la prosa de López Albujar en su fabuloso cuento Ushanan Jampi; así como el lector amazónico disfrutar con los relatos de Francisco Izquierdo Ríos.

Dicho esto, podríamos estar de acuerdo con Mariátegui con respecto a que la literatura «no es pan», pues esta no suele ir de la mano de una retribución económica. Y sobre todo hoy, donde la utilidad tiene un carácter meramente económico. Ya Wilde, dentro de su prefacio de El retrato de Dorian Gray nos maravillaba con una de sus frases más ingeniosas: «Todo arte es perfectamente inútil» Haciendo énfasis en esta última palabra. Lo útil, tiene un fin; una tarea, una misión utilitaria; es decir, sirve para algo. En nuestros trabajos solemos realizar una serie de actividades que tienen un fin determinado, de ahí que, mientras más importante sea nuestra labor con respecto a las necesidades del mundo actual, mayor será nuestra retribución económica. El arte no necesariamente obedece a esta cuestión. De ahí que el arte es creado para ser un fin en sí mismo.

wilde

Ser artista, es saberse Hombre, y, por lo tanto, es la decisión de experimentar y rebelarse dentro de todas las posibilidades que esta cuestión conlleva. El acto principal de un artista es la creación. Un artista puede poner todo su esfuerzo, inteligencia y talento en el objeto artístico que está creando. Más cuando su obra ha sido terminada, la creación ya no le pertenece. El público lector se convierte en juez y crítico del objeto artístico. Y solo este decidirá cuando un texto se lee, se oye, o se siente por última vez.

Entonces, ¿Qué entendemos por literatura? La literatura no se deja definir teóricamente, pues no obedece a un concepto científicamente determinable. Es más bien una alegoría, un mito que se intenta definir dentro del contexto donde se promueve. Una mera abstracción. De aquí, solo nos queda darle la razón a Borges: «Todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia».

Me animo más a una definición idealista, utópica, ornamental. Porque literatura también es experiencia estética. Belleza a la que se llega gracias a la sensibilidad del alma. Una mentira bella: imitación de la vida misma; y viceversa. Es la experiencia imaginada. Es el detalle en el discurso. Una lucha con el lenguaje; y si la mano es ágil, un placer con esta. Es la tragedia del amor y el valor frente a la muerte. Es la guerra contra la imbecilidad; y el gusto por la melancolía. Es, en suma, creación. Es decir, jugar a ser Dios.

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