LA URNA INMORTAL DE KEATS

keatsExistió una vez un poeta llamado John Keats. Como una estrella fugaz, surgió con esplendor de una generación dorada de poetas ingleses para luego esfumarse demasiado prematuramente a los 25 años en los abismos de la tuberculosis (como corresponde a todo poeta romántico que se precie de tal). Su obra, espléndida, vibrante, llena de imaginación y originalidad, no parece haber sido escrita en el corto tiempo vital que le fue dado, y ha hecho especular a más de un crítico acerca de la posibilidad de haber tenido otro Shakespeare si no hubiese caído en las garras de la muerte. Pero toda especulación semejante es siempre vana, como vano es pelear contra la caducidad del hombre, y Keats así lo comprendió. Sólo el arte es eterno e imperecedero: “La belleza es verdad, la verdad, belleza – eso es todo lo que puedes saber en la tierra, y todo lo que necesitas saber” reza, a mi criterio, su poema más bello, la “Oda a una urna griega”, del cual Jorge Luis Borges dijo que “perdurará mientras perdure la lengua inglesa”.

409px-Portrait_miniature_fanny_brawn (1)Amó a una mujer, Fanny Brawne, pero la certeza de sus sentimientos se vio empañada por la incertidumbre en torno a su futuro económico y a su salud endeble. Keats no contaba con medios propios que le permitieran mantener a una familia. Su única esperanza era alcanzar la fama literaria para poder concretar el compromiso con su amada. Lamentablemente, sucumbió a la tuberculosis pocos meses después de publicar su primer tomo de poemas. Como medida desesperada, sus amigos juntaron fondos para trasladarlo a Italia con la esperanza de que el clima más benévolo de ese país hiciera el milagro de devolverle la salud. Allí murió, lejos de Fanny, su estrella brillante. En su lecho de muerte, le recitó a su amigo Joseph Severn el epitafio de su tumba: “Here lies one whose name was writ on water” (“Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”). 

Unos años atrás, paseando por Roma con quien es hoy mi esposo, después de una sofocante caminata en los casi 40 grados que regala esa ciudad en julio, decidimos hacer una parada estratégica para tomar agua de la fuente de Piazza Spagna. Buscando un lugar a la sombra, vi un cartel que decía “Keats-Shelley House”. Recordé entonces que Keats había muerto en una casa que daba a los célebres escalones de Piazza Spagna, y sin caber en mí de la emoción, arrastré a mi compañero a la sombra reconfortante de uno de los rincones más apreciados para mí en toda la Eterna. Éramos los únicos visitantes en plena temporada alta, lo cual habla de su poca popularidad en el circuito turístico. Un rincón selecto para quienes saben encontrarlo.

P1040430La colección es pequeña pero maravillosa. Tomos y tomos de libros del siglo XIX, imágenes y objetos varios pertenecientes a los poetas románticos ingleses, incluyendo la máscara mortuoria del mismo Keats. Por una pequeña puerta se accede al cuarto donde falleció el poeta, y la austeridad del mobiliario y particularmente de la cama nos dan una idea de la vida debe haber llevado allí. Pasé por todos lados sacando fotos frenéticamente, y de repente, sin esperarlo, me di vuelta y la vi. En un pequeño rectángulo de unos pocos centímetros, prolija, nítida, simétrica y hermosa, la urna griega. Aparentemente, Keats copió una vasija llamada de Sosibios que se encuentra en el Louvre en la actualidad. Pero en mi mente esa vasija se convirtió inmediatamente en la ánfora de la que nos habla en ese poema que describe, como ningún otro, la capacidad del arte de congelar el tiempo y la realidad y hablarle a generaciones que vivirán en un mundo que el artista es incapaz siquiera de concebir. 

A continuación, y como homenaje en el bicentenario de su muerte, mi modesta traducción de esta obra maestra de Keats a la que espero haberle hecho justicia. Y si les interesa la vida de este poeta de trágico destino, no dejen de ver la película “Bright Star” (2009) de Jane Campion (la directora de “La lección de piano”) que narra los últimos años de su vida y su relación con Fanny Brawne. Eso sí, con un pañuelo a mano.

Oda a una urna griega

 Tú, novia aún impoluta de la quietud,

tú, hija adoptiva del silencio y el tiempo lento,

selvática historiadora, que puedes así expresar

un cuento florido con más dulzura que nuestra rima:

¿qué leyenda coronada de hojas ronda tu forma

de deidades o mortales, o de ambos,

en Tempe o en los valles de Arcadia?

¿Qué hombres o dioses son estos? ¿Qué doncellas renuentes?

¿Qué persecución desesperada? ¿Qué lucha por escapar?

¿Qué flautas y panderos? ¿Qué éxtasis salvaje?

 

Las melodías oídas son dulces, pero aquellas no oídas

lo son aún más; por lo tanto, ustedes, suaves flautas, continúan tocando;

no para el oído sensual, sino, más amadas,

tocan para el espíritu cancioncillas sin tono:

Bello joven, bajo los árboles, no podrás abandonar

tu canción, ni jamás podrán esos árboles quedarse desnudos;

Amante valeroso, nunca, nunca podrás besar,

aunque te acerques a la meta, pero no te aflijas;

ella no podrá desvanecerse, aunque no consigas tu dicha,

¡por siempre la amarás, y ella será hermosa!

 

¡Oh, felices, felices ramas! que no pueden perder

sus hojas, ni decirle adiós a la Primavera;

Y, flautista feliz, incansable,

por siempre tocando melodías por siempre nuevas;

¡Más feliz amor! ¡Más feliz, feliz amor!

por siempre cálido y a punto de ser disfrutado,

por siempre jadeante, y por siempre joven;

todos respirando elevadas pasiones humanas,

que dejan a un corazón sumido en la tristeza y empalagado,

la frente ardiente y la lengua tórrida.

 

¿Quiénes son aquellos que vienen al sacrificio?

¿A qué verde altar, oh misterioso sacerdote,

conduces a aquella ternera que muge a los cielos,

con sus flancos sedosos adornados de guirnaldas?

¿Qué pueblito junto al río o junto al mar,

o construido en las montañas con ciudadelas pacíficas,

ha quedado vacío de sus habitantes, esta mañana piadosa?

Y, pueblito, tus calles para siempre

estarán silenciosas; y ni un alma podrá jamás regresar

a contarnos por qué estás desolado.

 

¡Oh forma Ática! ¡Bella actitud! Con raza

de hombres de mármol y doncellas angustiadas,

con ramas boscosas y la hierba pisoteada;

Tú, forma silenciosa, nos confundes el pensamiento

como la eternidad: ¡fría Pastoral!

Cuando la vejez haya consumido a esta generación,

Tú permanecerás, en medio de otras penas

que las nuestras, amiga del hombre, a quien le dices,

“La belleza es verdad, la verdad, belleza, – eso es todo

lo que sabes en la tierra, y todo lo que necesitas saber.”

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