Gambito de dama: poniendo en evidencia las brechas de género en el ajedrez

Hasta hace realmente muy poco, Gambito de dama (The Queen’s Gambit en su idioma original) ostentaba el título de ser la miniserie más vista en la historia de Netflix. Contando actualmente con más de 64 millones de reproducciones, esta producción original del gigante del streaming puso al deporte ciencia (nuevamente) en boca de todos. Prueba de ello fueron las búsquedas en Google sobre “cómo jugar al ajedrez”, el aumento vertiginoso en la venta de tableros y la inscripción de más mujeres en la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE).

Un impacto que no resultó del todo extraño, pues en lo que se ciñe a lo estrictamente cinematográfico, el alto de nivel de producción de la miniserie termina por convertirla en un producto bastante atractivo para el espectador ajeno al mundo de las 64 casillas. Además, el desarrollo de un personaje principal tan desdichado –por su condición de huérfana y adicta a los tranquilizantes– como afortunado –gracias a su talento innato para el ajedrez– se construyó sin abusar de los clichés asociados a los genios, un recurso utilizado hasta el hartazgo en Hollywood. De igual manera, Gambito de dama pudo transmitir de forma concisa pero efectiva el aura que rodea el entrenamiento de un jugador profesional y, sobre todo, la tensión, intensidad y estrés que generan los torneos.

Sin embargo, un análisis pormenorizado del guion, la fotografía, el vestuario y la actuación podría escapar a mis propios conocimientos. Por ello, en este pequeño espacio, quisiera rescatar otros puntos de debate que la miniserie ha ayudado a posicionar en los últimos meses. Pues, Gambito de Dama no es solo la historia (ficticia) de Beth Harmon, sino también un retrato parcial del universo ajedrecístico durante la época de la Guerra Fría; un universo cargado con sus propias reglas, códigos, rivalidades y, por supuesto, prejuicios.

Y es en relación a este último punto donde se levantan posiciones discordantes. Por ejemplo, la reconocida novelista y periodista española Laura Fernández, en su crónica para el diario El País, calificó a la miniserie como una crítica abierta al “eminente machismo que rodea todo lo que tiene que ver con el mundo del ajedrez”. Pero, por otro lado, la ajedrecista húngara Judit Polgar, considerada como una de las mejores jugadoras de la historia, declaró al respecto: “En la serie no veo machismo. A Beth no la atacan ni critican por su sexo. Eso es muy interesante y gratificante, porque lo fácil hubiera sido recurrir a ese tópico para llamar la atención” (García, 2020).

En ese sentido, la trama de Gambito de dama no solo atrapa al espectador por los elementos estéticos y cinematográficos ya mencionados, sino también por el descubrimiento y/o cuestionamiento de las dinámicas que rodean la competición ajedrecística. Ante ello, no es de extrañar que más de un espectador o espectadora, al terminar de ver la miniserie, se preguntara si realmente existen menos mujeres que hombres en el ajedrez competitivo; y si ello es así, ¿a qué se debe? ¿qué tanto de certeza existe en esa premisa tan extendida de que el sexo femenino juega peor que el masculino?

En primer lugar, resulta oportuno señalar que, efectivamente, a lo largo de la historia del ajedrez (el juego tal como hoy lo conocemos surgió en Europa en el siglo XV), la presencia masculina ha sido avasallante. De acuerdo al ranking de la FIDE, a enero de 2020, del total de 771 484 jugadores activos e inscritos en la Federación, solo 120 065 eran mujeres, lo cual arroja una tasa de participación femenina de alrededor de 15,6%. Además, del considerable número de Grandes Maestros[1] (GM) a nivel mundial, solo un 2% son mujeres. Inclusive, en los cinco siglos de la disciplina, solo una mujer ha podido posicionarse entre los diez mejores jugadores del mundo: Judit Polgar, quien lo consiguió en 1996 (Vich, 2020).

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Judit Polgar.

¿Cuál es la razón de este desequilibrio? Los primeros argumentos que suelen esgrimirse son el de la resistencia física, que puede influir en partidas excesivamente largas o en las rondas finales de los torneos, y el de la menstruación, que suele afectar el “rendimiento deportivo o intelectual de un alto porcentaje de mujeres”. Sin embargo, estas premisas no son del todo convincentes, pues de acuerdo a Leontxo García, reconocido periodista deportivo especializado en ajedrez:

  1. esta explicación puede aplicarse solamente a las competencias mixtas entre hombres y mujeres.
  2. la intensidad del periodo en el sexo femenino varía bastante de un caso a otro; lo suficiente como para no poder extrapolarlo a todas las deportistas (García, 2013).

Además, la generalización de este argumento puede contener o decaer en prejuicios abiertamente machistas, alejándonos de una explicación objetiva.

Frente a ello, una interpretación mucho más seria es la del contexto sociocultural. Este argumento reconoce que a pesar de que ambos sexos nacen con el mismo potencial intelectual, las circunstancias socioculturales son las responsables de marcar diferencias en la niñez y que, con el paso de los años, se van acrecentando al llegar a la edad adulta. En muchos países, sigue viéndose como algo extraño el regalar una muñeca a un niño o un tablero de ajedrez a una niña, debido a los roles de género impuestos. En ese sentido, la escasez de mujeres que se dedican al ajedrez puede entenderse gracias a las tendencias sociales y/o a la discriminación sexual imperantes en gran parte del planeta (García, 2013).

Otra premisa interesante que ha empezado a cobrar algo de fuerza en los últimos años es el de las hormonas. Diversos maestros de escuela y entrenadores coinciden en que hasta la pubertad la diferencia entre el interés por el ajedrez y la fuerza de juego entre niños y niñas es prácticamente inexistente. Pero, entre los 11 y 13 años, a diferencia de los chicos, la mayoría de chicas termina por perder interés en el juego. Al respecto, Louann Brizendine, neuropsiquiatra y profesora de la Universidad de California, llegó a comprobar –tras veinte años de investigación– que los cerebros de ambos sexos se diferencian de forma muy marcada debido a las hormonas mayoritarias respectivas (García, 2013).

Para aclarar un poco más este punto, me permito citar un párrafo de la introducción de El cerebro femenino, parte de la investigación de Brizendine:

Sabemos actualmente que cuando los chicos y las chicas llegan a la adolescencia, no hay diferencia en sus aptitudes matemáticas y científicas […]. Pero cuando el estrógeno inunda el cerebro femenino, las mujeres empiezan a concentrarse intensamente en sus emociones y en la comunicación […]. Al mismo tiempo, a medida que la testosterona inunda el cerebro masculino, los muchachos se vuelven menos comunicativos y se obsesionan en lograr hazañas en los juegos […]. En la fase en que los chicos y las chicas empiezan a decidir las trayectorias de sus carreras, ellas empiezan a perder interés en empeños que requieran más trabajo solitario y menos interacciones con los demás, mientras que ellos pueden fácilmente retirarse a solas a sus alcobas para pasar horas delante del ordenador […]. El hecho de que pocas mujeres terminen dedicándose a la ciencia no tiene nada que ver con deficiencias del cerebro femenino en las matemáticas” (Brizendine, 2006).

Cabe señalar que, para la investigadora, lo dicho no es sinónimo de que una mujer no sea buena en matemáticas; Brizendine asume al sexo femenino con el mismo potencial que el masculino para este tipo de disciplinas, pero considera que existe cierta “tendencia natural” que puede llevar a las chicas a interesarse por otras disciplinas.

Personalmente, no concuerdo con este último argumento, pues se sustenta en base a un solo estudio que, a pesar de su evidente carácter profesional, sigue resultando insuficiente para llegar a conclusiones definitivas. Y, como bien señala Manuel Pérez en su libro Inteligencia y ajedrez (2015), aún resulta imposible afirmar a ciencia cierta cuál de los dos cerebros, femenino o masculino, es el más apto para el ejercicio ajedrecístico. En ese sentido, la premisa sociocultural es la que termina por presentar una mayor solidez para explicar el mencionado desequilibrio entre la cantidad de hombres y mujeres en este deporte.

Ahora bien, si muy probablemente la desproporción de género entre los ajedrecistas tiene como origen determinadas condiciones socioculturales, entonces, ¿por qué se ha asumido que las mujeres juegan peor que los hombres? Considero que dicho prejuicio ha sido generado por concepciones machistas y por el relativo menor performance que el sexo femenino ha obtenido y mantiene en la competición frente al masculino. En promedio, las jugadoras de ajedrez tienen 15% menor puntuación Elo –sistema de clasificación dentro de la disciplina– que los hombres; una relación que, dicho sea de paso, recuerda bastante la brecha salarial existente entre varones y mujeres, la cual es de 18% en los países pertenecientes a la OCDE (Vich, 2020).

Sin embargo, hay que aclarar que realmente no existe evidencia científica que confirme fehacientemente una superioridad innata o biológica por parte del sexo masculino sobre el femenino, en lo que concierne al dominio de esta disciplina (Vich, 2020). Además, resulta un ejercicio bastante injusto el comparar el rendimiento deportivo entre hombres y mujeres cuando, claramente, existe una baja tasa de participación de estas últimas. En otras palabras, la comparación de resultados entre un número inferior de jugadoras frente a la avasallante cantidad de jugadores masculinos no puede arrojar una evidencia lo suficiente objetiva sobre la cual extraer conclusiones.

Inclusive, si a pesar de lo mencionado se deseara llevar a cabo dicha (injusta) comparación, al parecer, la explicación de este menor rendimiento femenino radica (nuevamente) en una dinámica sociocultural. Hace un par de años, María Cubel, profesora de la Universidad de Bath, publicó junto a otros reconocidos académicos un paper en el cual se estudiaba la existencia y el origen de las diferencias de género en la alta competición ajedrecística. Los resultados fueron fascinantes, por decir lo menos.

En el trabajo se corroboró que, efectivamente, las mujeres obtenían peores resultados que los hombres de similar nivel. Pero, además, se pudo comprobar que cuando un jugador o jugadora se enfrentaba a alguien de su mismo sexo y similar puntuación Elo, la probabilidad de victoria era del 50%. Algo muy distinto a cuando el enfrentamiento se daba entre un hombre y una mujer con habilidades semejantes, pues en esos casos las jugadoras solo contaban con una probabilidad de victoria del 46% (Cubel, 2016).

GM Hoy Yifan jugando una partida amistosa contra GM Magnus Carlsen, actual campeón mundial.

Al parecer, este desfase en la performance de las mujeres frente a los hombres radica en la composición de género de las partidas. En otras palabras, el nivel de juego del sexo femenino se ve disminuido cuando se enfrentan a un rival del otro sexo. Ahora bien, como se explica en la investigación, estos resultados se asocian directamente con la teoría sociológica del stereotype threat, la cual advierte que cuando un determinado colectivo se ve asociado a un estereotipo negativo, la ansiedad experimentada por tratar de evitarlo o el simple hecho de saber que existe dicho prejuicio reduce sus capacidades cognitivas, aumentando así la probabilidad de confirmar el estereotipo (Backus et al.; 2016). Nuevamente, los roles de género terminan por influir en el desempeño de las mujeres.

Tomando en cuenta lo visto, considero que, más allá del atractivo cinematográfico que Gambito de dama pueda contener, una trama que desafía el estereotipo de que las mujeres juegan peor que los hombres resulta algo sumamente positivo. Pues, la historia puede invitarnos a reflexionar en torno a la influencia de los factores socioculturales en elementos tan diversos como la elección (o imposición) de juegos y actividades a una edad temprana. Y, de igual manera, permite evidenciar, a través de la revalorización de un personaje femenino en un ambiente predominante masculino, la posición poco privilegiada que las mujeres poseen no solo en el ámbito laboral o académico, sino también en el deportivo.

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[1] Título vitalicio que otorga la FIDE a jugadores de ajedrez que alcanzan un determinado nivel de excelencia en el juego. Es el título más importante en esta disciplina, después del Campeonato Mundial.


Referencias

Backus, P., Cubel, M., Guid, M., Sanchez-Pages, S., & Mañas, E. (2016). Gender, competition and performance: Evidence from real tournaments. http://hummedia.manchester.ac.uk/schools/soss/economics/discussionpapers/EDP-1605.pdf

Cubel, M. (2016). ¿Juegan peor las mujeres al ajedrez? Nada es gratis. https://nadaesgratis.es/admin/juegan-peor-las-mujeres-al-ajedrez

Fernández, L. (2020). “Gambito de dama”: La serie que muestra el ajedrez como nunca antes en televisión. El País. https://elpais.com/television/2020-10-22/gambito-de-dama-la-serie-que-muestra-el-ajedrez-como-nunca-antes-en-television.html?rel=lom

García, L. (2013). Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas. Editorial Planeta.

García, L. (2020). “Gambito de dama”: ajedrez sin machismo. El País. https://elpais.com/deportes/2020/11/02/la_bitacora_de_leontxo/1604332796_556530.html

Pérez, M. (2015). Inteligencia y ajedrez. Punto Rojo Libros.

Vich, I. (2020). Mujeres en el ajedrez: ¿estamos atravesando un cambio de paradigma? The Zugzwang Blog. https://thezugzwangblog.com/mujeres-y-ajedrez-un-cambio-de-paradigma/#:~:text=Actualmente%20s%C3%B3lo%20hay%20una%20mujer,hacia%20las%20ajedrecistas%20se%20acent%C3%BAa.

1 comentario

  1. Creo que Judith tiene las respuestas. Comenzó a destacar siendo una niña. Falta preguntarle si era una fanática del ajedrez o no.
    Yo no he sido un buen jugador, pero soy un fanático. Tras 45 años no me aburro del juego y cuando veo un tablero la excitación que tengo es casi física. ¿Puede una mujer, por su propia naturaleza, ser fanática de algo, como somos los hombres?
    Lo que estoy postulando es que Judith pudo haber sido campeona mundial absoluta si hubiera sido una fanática, al modo de como lo fueron Alekhine y Fischer.

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